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domingo, 4 de agosto de 2013

Césped con bajo consumo de agua. Criterios y consideraciones

ARTE Y JARDINERÍA DISEÑO DE JARDINES

Césped con bajo consumo en agua.



Criterios y consideraciones

De un modo general, diremos que una superficie cespitosa, ya sea de uso deportivo o no, puede demandar tres niveles de mantenimiento.
Dependiendo de esos niveles de mantenimiento nos podemos plantear el regar o no regar toda la superficie de césped o, dado el caso, determinadas zonas. 

En un nivel de mantenimiento alto, como normalmente puede presentarse en un campo de golf comercial, cuyas exigencias en cuanto a calidad de juego así lo pueden requerir, o en un terreno deportivo cuyo uso necesite cierta calidad, y con pluviometrías escasas, el prescindir del riego cuando existe una determinada demanda hídrica no es muy recomendable, y especialmente en los meses con mayor requerimiento hídrico. 

Sin embargo un nivel de mantenimiento medio o bajo puede contemplar la posibilidad de regar a determinados niveles, incluidos los deficitarios, total o parcialmente la superficie cespitosa, y llegado el momento suministrar riegos esporádicos en ciertas zonas de la misma, que podrían ser complementados durante el resto del año con aportes de agua por lluvias.

La zona climática y factores medioambientales, junto con el nivel de mantenimiento, deberían ser considerados para seleccionar las especies que formarán cada una de las zonas. La acertada elección de especies y cultivares, va a tener una buena parte del peso específico a la hora de determinar el riego y conservar la pradera bajo la ausencia de éste.

En muchos países el incluir el césped en un jardín o en un espacio
deportivo, de cierta envergadura, a veces, no precisa el realizar una instalación de riego. Podemos ver como en muchos de estos espacios, situados en ciertas latitudes, las condiciones climatológicas contribuyen a que sean regados por las aguas de lluvias, aunque en ciertos casos no siempre es así y no por esto
se realizan instalaciones de riego. Sin embargo en la mayoría del territorio de nuestro país las exigencias por funcionalidad, y en muchos casos por la supervivencia de ciertas especies cespitosas, nos exigen disponer de una determinada infraestructura para el riego. 

Pero aún así estaremos condicionados en gran medida por unos criterios basados principalmente en las exigencias subjetivas de regar o no regar la zona y en las especies que se hubieran instalado es éstas. Así podemos encontrar superficies cespitosas que, si bien habitualmente son regadas, cuando no es posible el riego, por
cualquier causa, pueden sobrevivir e incluso seguir prestando, en cierta medida, un gran número de beneficios.

Si en los parques y jardines el diseño es importante a la hora de conseguir una practicidad de la zona con césped, también lo es en muchas zonas destinadas a otros usos, deportivos o no. Análisis sobre disponibilidad de agua o uso de aguas residuales, estudios del medio físico o de integración con el entorno, determinados criterios subjetivos «arquitecto, promotora etc.», modelos constructivos, …, van a influir en el diseño, con su repercusión, directa o indirecta, en los aprovechamientos y usos posteriores del agua para riego.

Como en otras superficies con céspedes, deportivas o no, pero que
requieran un determinado nivel de mantenimiento, en los grandes espacios encespados, en los jardines públicos y privados o en cualquier otra zona deportiva u ornamental con una determinada superficie revestida por césped, podemos tener en consideración ciertas actuaciones y prácticas culturales con el fin de optimizar el riego y ahorrar agua durante todo el año, y mejorar o corregir los efectos producidos en la cubierta vegetal por la escasez, o la ausencia total de este líquido elemento en época de demandas.

Debido a las actuaciones y operaciones culturales tan privativas que conlleva el mantenimiento de un espacio deportivo encespado, sea cual sea, y su repercusión en la práctica del deporte, no vamos a profundizar en éstas.

Por sí mismo, las explicaciones detalladas de muchos de los parámetros y condicionamientos que pueden intervenir en el mantenimiento de un césped deportivo, y consecuentemente en la práctica del deporte, y que de algún modo pueden estar relacionados con el ahorro de agua, nos condicionaría la extensión de este capítulo. Sólo comentaremos someramente, dado el caso
el porqué de algunas acciones, que suelen coincidir con los criterios objetivos por los cuales nos podemos guiar ante una situación de escasez de agua en todas las zonas cespitosas con diferente uso, o de un modo general en todos los céspedes que establezcan en sus programas de mantenimiento el criterio de ahorrar agua. 

De este modo podemos considerar que estas labores culturales, que a continuación comentaremos, son de aplicación general, y a veces obligadas para llevarlas a cabo en cualquier superficie cespitosa,
pública o privada, de más o menos extensión, en la que deseemos aprovechar y reducir los aportes de agua, y a la vez conseguir, según la funcionalidad de la zona, un determinado grado de calidad.

Riego

El agua es indispensable para que las plantas se desarrollen, ya que

disuelve los elementos minerales que sirven de alimento a éstas; sirve de vehículo para transportar los elementos minerales desde las raíces hasta las hojas, y las sustancias elaboradas desde las hojas hasta los órganos donde han de ser utilizadas o almacenadas; proporciona a los tejidos la consistencia necesaria para que puedan cumplir sus funciones; durante la fotosíntesis se une al dióxido de carbono del aire para formar sustancias orgánicas; y regula la temperatura de las plantas, impidiendo enfriamientos o calentamientos excesivos.

Pero la primera pregunta que nos podemos hacer es ¿cuándo regar el césped? Una forma muy fácil y simple es determinarlo visualmente y examinado el terreno. Cuando el césped cambie el color de verde brillante a gris apagado puede ser un síntoma de que la hierba no tiene agua a su alcance.

Examinado el suelo, a la profundidad de su zona radicular, podemos ver si éste está húmedo o seco. Puede ser entonces cuando se determine la urgencia del riego, dependiendo de varios factores, entre ellos la especie o especies que estén presente y las posibilidades de uso del agua que tengamos.

Las plantas absorben la mayor parte del agua que necesitan a través de las raíces. La lluvia constituye, en algunos casos, el principal aporte de agua al suelo; pero es necesario que el suelo tenga capacidad suficiente para almacenar el agua caída entre los aportes. 

Esta capacidad del suelo depende, principalmente, de su textura, estructura y profundidad. Aunque no es motivo de esta información el desarrollar un tema tan extenso como puede ser los suelos y el riego, para eso existe una amplia bibliografía, sí podemos recordar algunas ideas sobre los principales factores que condicionan la
capacidad de retención de agua disponible por la planta en el terreno; ya que estos factores, entre otros, van a determinar el período de sequía que la planta puede aguantar y a la vez la cantidad y frecuencia de los riegos, en el caso que podamos hacerlo sin condicionantes. 

Así nos podemos encontrar con una serie de factores que están
relacionados con la capacidad de agua disponible en el suelo, que no es otra que la porción de agua que puede ser absorbida por las raíces de la planta cespitosa con suficiente rapidez para cubrir su demanda. El agua disponible para las plantas se sitúa entre la capacidad de campo y el punto de marchitamiento.

Podemos recordar que un suelo tiene su capacidad de campo cuando se ha eliminado por gravedad el exceso de agua (el agua ocupa los poros pequeños y el aire una gran parte del espacio de los poros grandes). Y, de igual modo, el punto de marchitamiento se puede establecer cuando la planta ya no puede absorber toda el agua que necesita, ya que ésta se ha ido perdiendo, a partir de la capacidad de campo, por evaporación y por el propio consumo de la planta. No obstante puede ocurrir que el agua contenida en el suelo a capacidad de campo se encuentre fuertemente retenida y las
plantas no puedan absorberla a la velocidad que requieren sus necesidades; y por eso pueden marchitarse en días calurosos y secos, aunque después se recuperen a medida que desminuyan los requerimientos, avanzada la noche.

Los principales factores que influyen en la capacidad de retención de agua son los siguientes:

La estructura. Gracias a un suelo con gran contenido en poros y de todos los tamaños facilita la aireación y aumenta al contenido de agua disponible.
Los suelos arenosos tienen una gran proporción de poros grandes, que están ocupados por mucho aire y poca agua, y al contrario los suelos arcillosos tienen una gran proporción de poros pequeños, que almacenan más agua que aire. Sin embargo cuando los suelos arenosos se compactan se forman poros más pequeños, con lo que aumenta la capacidad de retención de agua.

La textura. Los suelos de textura fina retienen más cantidad de agua que los suelos de textura gruesa, tanto en lo referente a la capacidad de campo como en el punto de marchitamiento. Esto se debe a la gran cantidad de partículas pequeñas y al elevado volumen de poros pequeños que contiene los suelos de textura fina. Sin embargo, en algunos suelos arcillosos el punto de marchitamiento es tan alto que retienen menos agua disponible que otros suelos con menor contenido en arcilla. Por ello los suelos de textura gruesa necesitan recibir aportaciones frecuentes de agua.

La materia orgánica. Sabemos que la materia orgánica tiene una elevada porosidad, que le permite retener una considerable cantidad de agua, incluso algunos suelos con un alto contenido en materia orgánica pueden retener un peso de agua superior a su propio peso. La influencia de la materia orgánica sobre la capacidad de retención es mayor en los suelos arenosos que en los arcillosos.

El espesor del suelo explorado por las raíces. Un suelo profundo puede retener una gran parte de las necesidades de agua. Y en éstos son más eficaces unos pocos riegos copiosos que esa cantidad de agua repartida más veces.
La secuencia de capas en el perfil del suelo. Una capa arcillosa situada debajo de otra capa de arena retrasa la penetración del agua de infiltración, que queda acumulada sobre la capa poco permeable durante cierto tiempo; dependerá de la profundidad a que tiene lugar la acumulación para que esta agua se aproveche.

También otros factores van a estar interrelacionados con los anteriores y son contemplados como características del suelo o del césped que pueden afectar de cualquier forma al riego. Por citar algunos consideraremos la infiltración, la percolación, la misma compactación del terreno o un exceso de colchón.
En muchos casos una superficie cespitosa se puede regar, cuando se
haya agotado una parte de la humedad disponible a profundidad radicular, por regla general del 50 al 60%, teniendo en cuenta ciertos parámetros «p. ej, disponibilidad de agua y agotamiento para diferentes texturas del suelo».

Debemos considerar, por ejemplo, en el caso de una gran extensión, como puede ser un campo de golf, el área concreta que se esté examinando, ya que los greenes, por ejemplo, al ser considerados la zona más especial del campo deben reunir una serie de características, indispensables para la correcta práctica de este deporte; entre algunas mantener un grado de humedad determinado, según las exigencias de la especie seleccionada y del
juego. Esta humedad la podemos controlar también examinando el terreno.

Normalmente los greenes, que suelen ocupar el 3% de la superficie
total de un campo de golf, y con un modelo constructivo muy específico, están conformados por especies que no suelen soportar tanto la falta de agua como las especies utilizadas en calles u otras zonas del campo de golf, y a la vez suelen presentar una difícil recuperación después de que la ausencia de agua sea prolongada.

La profundidad radicular es quizás uno de los factores más importantes para que el césped pueda resistir la sequía. Un césped con un sistema radicular poco profundo es más propenso a la falta de riegos que otro con un sistema bien desarrollado y bastante profundo aunque la profundidad radicular va a estar muy influenciada por las propiedades de la capa del terreno, o llamada también capa de enraizamiento; por los cambios de estaciones;
o por las prácticas de mantenimiento, como pude ser la siega, la fertilización o el mismo riego (muchas veces este último re realiza para favorecer el enraizamiento, en grandes dosis y bastante espaciados). 

Sin embargo existen especies y cultivares con una gran diferencia en desarrollo radicular, bien sea por las mismas características de la especie o por ciertas prácticas que no favorecen el desarrollo de las raíces: Siegas muy bajas, riegos excesivos, acumulación de colchón, suelos compactados, excesos de fertilizantes, etc.

El mejor método para determinar la profundidad radicular de una zona en concreto, como hemos comentado, es la inspección física del mismo. Pueden presentarse muchos casos, jardines privados, parques públicos, terrenos deportivos, etc., en los que dichas superficies, que deberían tener un aprovechamiento del riego en
toda su delimitación, pueden aparecer con secas más o menos aisladas o en rodales, como resultado de poseer un suelo con una inadecuada textura o por una reducida profundidad efectiva, o como consecuencia del propio diseño.

(Desniveles pronunciados, orientados a vientos dominantes, árboles o arbustos que pueden presentar competencias, etc.), o debido a un incorrecto mantenimiento o a una defectuosa construcción, o como resultado de una deficiencia en el propio sistema de riego en estas zonas.

Es obvio que el objetivo del riego es suministrar agua al sistema radicular.
Por ello, profundidad radicular y textura juegan de este modo un papel muy importante en las cantidades de agua aplicadas y en la frecuencia del riego, así como en la eficiencia del mismo.
Los céspedes desarrollados bajo frecuentes riegos y altos contenidos de humedad en el suelo van a tener mayores requerimientos de agua que otros cuyo crecimiento ha estado bajo ajustes hídricos. Por ello la frecuencia del riego y las cantidades de agua deben ser controladas para reducir los posteriores
requerimientos de agua por el césped.

Debemos tener en consideración que no se produzca escorrentía, regando sólo a la profundidad radicular, o en ciertos casos un poco más; y manteniendo una especial observación del terreno; y a la vez utilizar medios que aumenten la eficacia del riego en los desniveles pronunciados. Prestar atención en áreas donde suele combatir el viento. Chequear la instalación de riego, puede no ser todo lo efectiva que deseáramos.

Es conveniente, con riegos por aspersión, que son los que normalmente se utilizan, considerar la eficiencia del riego en cuestión, contemplando la ET y el uso de aparatos medidores de humedad, como los tensiómetros; debemos controlar la uniformidad del riego, teniendo en cuenta el diseño original y el mantenimiento periódico de las instalaciones, etc.

Ciertos espacios deportivos y grandes extensiones de césped en parques y jardines, disponen de sistemas de riego informatizados, con múltiples ventajas.
Dependiendo del programa instalado éstos pueden realizar gran
número de funciones:
– Controlar los aportes de agua allí donde el drenaje y la escorrentía son frecuentes. Dividiendo los tiempos de riego y marcando ciclos de riego muy cortos pero repetitivos.
– Tener en cuenta la calidad del suelo, en cuanto a la retención de agua que experimente, calculando las necesidades hídricas de la zona.
Determinar el déficit de agua en cada zona y fijar los tiempos de riego para que aporten sólo las cantidades necesarias.
– Permitir administrar los caudales en la red para optimizar la instalación.

Aumentando la uniformidad del riego.

– Conjuntamente se puede incorporar a este software una estación
meteorológica, registrando y analizando las condiciones climáticas,
ajustando automáticamente el riego a las necesidades de la zona.

Por regla general en la selección de especies cespitosas para un
terreno deportivo, o para ciertos espacios públicos, se suelen tener criterios agronómicos y se puede considerar que éstos van a ser determinantes a la hora de elegir especies resistentes a la escasez
de agua, si no fuera así, nos encontraríamos con grandes inconvenientes para llevar a cabo una política de bajo consumo de
agua.

Una alternativa al riego con agua procedente de la red de abastecimiento, o de la captación por pozos, es el riego con agua residual, que se viene realizando en muchos países desde hace bastante tiempo, no ya sólo en cultivos tradicionales sino en jardinería e incluso en estanques de recreo.

Aunque la jardinería no representa todavía mas que una pequeña parte de la superficie regada con agua residual regenerada en muchos países, existe un considerable potencial de crecimiento para la reutilización de este tipo de agua. Principalmente por el coste superior de agua procedente de otros proveedores, la proporción tan elevada de jardines que se construyen, y por la posibilidad de seleccionar especies ornamentales que toleran el agua de
menor calidad, entre estas últimas muchas formadoras de céspedes. 

Quizás esta agua puedan tener más futuro en el ámbito ornamental que en el agrícola, ya que es el aspecto estético, y no el rendimiento productivo, el criterio más importante a tener en cuenta en el proceso de selección de plantas ornamentales. Esto hace que sea posible admitir aguas residuales con una determinada concentración de sales para su uso en el riego de plantas ornamentales, ya que aún reduciendo, por este motivo, el crecimiento de las plantas, esta característica no afecta a su aspecto ornamental. 

En nuestro país existen muchos ejemplos de este tipo de aplicación, encontrándonos con buen número de campos de golf que son regados con aguas procedentes de Estaciones Depuradoras de Aguas Residuales (EDAR), y complejos urbanísticos que tienen una red independiente para el suministro de agua residual para la zona verde.
El uso de aguas residuales disminuye también los aportes de contaminantes a los cursos naturales de agua, pero no obstante exige una serie de tratamientos antes de su utilización para regar céspedes. 

El tratamiento de un agua residual consiste básicamente en una combinación de procesos y operaciones de tipo físico, químico y biológico destinados a eliminar los residuos sólidos, la materia orgánica, los microorganismos patógenos y en algunos casos los elementos nutritivos contenidos en el agua residual. No debe
faltar, una vez realizadas estas operaciones, un tratamiento de desinfección, el cual consiste en la inyección de una disolución de cloro. Este tratamiento que suele hacerse por la misma EDAR se realiza con dosis de cloro que dependerán de varios factores, entre otros del contenido microbiano del agua residual, aunque su valor oscila entre 5 y 10 mg/l. 

El objetivo es conseguir, después de un tratamiento secundario, unas concentraciones de 23 coliformes totales en 100 ml., si el riego se realiza en ausencia de público y si la superficie se deja secar antes de que sea utilizada. Si no es así, y existen viviendas próximas y si el riego se realiza por aspersión, la concentración de coliforme en el efluente no debería sobrepasar los 2,2 coliformes por 100 ml.

De cuerdo con los resultados medios de los análisis bacteriológicos
realizados, sin que llegue a pasar los 23/100 ml, en todas las muestras.
Conviene realizar un estudio en profundidad antes de la utilización de esta agua para el riego del césped, que contemple la geología, las agua subterráneas, el clima, el tipo de suelo, las características y los criterios de calidad del agua residual, las especies cespitosas a implantar, los programas de mantenimiento, etc.… Y haciendo especial hincapié en la salinidad, parámetro éste que nos determinará la idoneidad de un agua para riego. Ya que el agua de riego aporta continuamente sales al suelo, pudiéndose acumular
hasta alcanzar un nivel perjudicial para los céspedes. 

La velocidad de acumulación dependerá de la cantidad de sales aportadas por el agua de riego y de la cantidad de sales eliminadas por el lavado del suelo. Por consiguiente el manejo de esta aguas deberá ser realizado con ciertas técnicas de gestión que contemplen la permeabilidad del suelo, la fitotoxicidad de iones, problemas secundarios (corrosión de tuberías de riego, obturación de los sistemas de riego, concentraciones de cloro residual elevadas procedentes de la desinfección), etc. En cualquier caso muchos de estos inconveniente se agravarán con el aumento de la salinidad de esta agua. 

Aunque especies como Cynodon, Zoysia o Stenotaphrum secundatum presentan una buena tolerancia a la salinidad, del orden de 8 a 16 mmhos/cm.
También hay que decir que el riego con aguas residuales urbanas proporciona un aporte de fertilizantes a los céspedes, aunque este aporte puede sobrepasar, en algunos casos, las exigencias de la especie.



Fuente: Manejo de céspedes con bajo mantenimiento en agua. 
             Consejería de Agricultura y pesca de la Junta de Andalucía.
             Rafael J. Monje Jiménez.



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