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jueves, 11 de diciembre de 2014

DEL MUSGO AL ROBLE

ARTE Y JARDINERÍA DISEÑO DE JARDINES

Historia de los vegetales



La invención de la madera

La historia de los vegetales terrestres es la historia de una conquista: la conquista de la luz. Las plantas luchan para ocupar un lugar al sol y aspiran a captar la mayor parte posible de la energía luminosa, indispensable para fabricar sus sustancias nutritivas.

De esta lucha ha resultado ganador el árbol, triunfo del reino vegetal. Para erguirse y sobrepasar a los demás, hace falta un esqueleto que recubra un sistema de tuberías, provisto de bombas, que permitan a los fluidos vencer la gravedad e irrigar las partes más alejadas del organismo. Esta empresa sólo podrá llevarse a cabo con la invención de la madera.

En el alba de la Era Paleozoica, hace unos 600 millones de años, los musgos, pequeños vegetales desprovistos de flores, de raíces y de vasos conductores, constituyeron la primera flora terrestre. Próximos aún de los seres acuáticos, estos vegetales eran frágiles al no tener partes duras. Sin embargo, primitivos vasos aparecen ya en los dientes minúsculos del peristoma. Esta adquisición de la evolución fue un primer paso evidente hacia una mejor organización y hacia el bosque, pero los musgos no "supieron" explotar este descubrimiento y han ocupado un lugar secundario entre los vegetales.

Los helechos, al inventar realmente la madera, son los primeros en
la historia del mundo vegetal en estar provistos de un esqueleto.    ¡Este invento se remonta a hace cuatro millones de siglos !

La madera es el resultado de la asociación entre la celulosa y la lignina.

La celulosa es el constituyente esencial de las membranas de las células vegetales. Es ella quien las hace tan resistentes a todas las formas de degradación. La lignina, sustancia orgánica, refuerza las paredes celulares y las hace impermeables y rígidas.

Los alimentos extraídos del suelo pueden ahora elevarse dentro de la planta, gracias a este nuevo aparato de sostén y conducción: la madera o xilema secundario, conjunto de filas de células con las paredes lignificadas y huecas. Son verdaderos vasos, similares a las tráqueas de los insectos, por los que la savia circula sin esfuerzo. Así empieza la era de las plantas vasculares (con vasos): la vida vegetal puede ya lanzarse hacia el cielo.

Si la madera ha permitido a los vegetales elevarse, han sido las formaciones secundarias las que han dado a los árboles la posibilidad de desarrollarse en toda su plenitud.

      En el resto de las plantas, los vasos conductores y los tejidos de sostén son limitados y sólo son producidos por capas de células confinadas en las yemas y en las puntas de las raíces. En la masa del tronco de un árbol, capas generadoras aparecen espontáneamente, toman el relevo de las células que originan los tejidos primarios y elaboran enormes cantidades de vasos y tejidos de sostén. Estos nuevos tejidos, llamados secundarios, aseguran una continuidad al crecimiento de la planta.

Pero antes de construir un roble, la evolución ha tenido que pasar por varias etapas.

La invención de la raíz y de las hojas

Entre las primeras plantas vasculares que van a asegurar la transición entre musgos y helechos, mencionaremos a las Rhynias. Hace unos 370 millones de años, formaban una vegetación densa, de troncos minúsculos, por encima del fango de los pantanos devónicos. Estos vegetales primitivos tenían de 20 a 50 cm de
altura; estaban desprovistos de raíces y de hojas, pero tenían una epidermis cutinizada perforada por estomas o poros, que aseguran los intercambios gaseosos y permiten a las plantas respirar y nutrirse fuera del agua. Estas Rhynias, de altura similar a los juncos, eran vegetales muy simples reducidos a tallos. No obstante, son los antepasados de nuestros bosques.

Estos esbozos de árboles van a perfeccionarse y el paso siguiente lo darán los helechos, que se proveen de hojas y de raíces. Al inventar la raíz, la vida puede aferrarse a tierra firme y emprender la colonización de los territorios emergidos.

Anclados al suelo, provistos de tejidos de sostén y de vasos, los helechos, en un principio, van a extender sus penachos de hojas a ras del suelo y después se lanzarán hacia las alturas haciéndose arborescentes.

Verdaderos helechos-árboles, de los que existen todavía supervivientes en los bosques tropicales, despliegan hacia el cielo sus frondas gigantes, enormes captadoras de energía. Sin embargo, los helechos, debido a su reproducción arcaica por medio de esporas, dependen todavía del medio acuático, siendo el agua necesaria para garantizar el éxito de la fecundación.

Todo esto ocurría hace algo menos de 300 millones de años.

Sorprendente, desbordante de humedad, el bosque carbonífero cubría entonces uniformemente los continentes de una tierra primitiva que no conocía las estaciones. Era un universo vegetal vigoroso que ninguna flor ni ningún canto de pájaro alegraban. Desplegaba su frondosidad a más de 20 m de altura, mientras que a los pies de los troncos, que alcanzaban los 1.70 m de diámetro, bullían miriadas de insectos primitivos, esbozos de reptiles y batracios. La organización de estos vegetales gigantes es simple. No son verdaderos árboles: falta la flor.

Hundimientos del terreno ahogaron enormes extensiones de estos bosques, que, bajo el agua y sin oxigeno, se mineralizaron dando lugar a formidables yacimientos de carbón.

De esta vegetación tan prolífica, la evolución sólo ha conservado algunos testigos, todos en regresión, excepto los helechos.

La aparición de la semilla. El reinado de las coníferas

Un millón de siglos después de la invención de la madera, la gran
innovación de la Era Secundaria será la semilla, que explota el fenómeno de poner la vida en conserva.

Son los helechos, esta vez los helechos con semilla (desaparecidos al final de la Era Secundaria) los que inventan el óvulo, órgano complejo que protege a la célula reproductora femenina y la pone a salvo de las eventualidades del medio externo.

Verdadero celacanto del reino vegetal y único superviviente de un vasto grupo, cuyo apogeo se sitúa en el Jurásico, el Ginkgo biloba formaba entonces bosques extensos. Es, sin duda, el árbol con óvulos más antiguo del mundo. Sus óvulos desnudos, grandes, tienen forma de ciruelas cuando están maduros. En ese momento caen del árbol y el embrión debe continuar su crecimiento enseguida, sin descanso; si el suelo le conviene, enraíza; si no, muere.

La semilla perfecciona este sistema permitiendo la hibernación del embrión, que, en estado de latencia, protegido por tegumentos coriáceos, puede esperar meses, incluso años, a que las condiciones le sean favorables para germinar. La semilla permite además la propagación de la especie, pues está dotada de órganos de dispersión a distancia, métodos ingeniosos que van desde el paracaídas hasta el flotador neumático. Aisla el embrión y, al estar provista de reservas nutritivas, le asegura la alimentación al principio.

Las primeras semillas, en las coníferas, son desnudas, aunque estén incluidas en un  cono cuyas escamas ejercen un papel protector y se esfuerzan por compensar la ausencia de piezas especializadas que encierren el óvulo en una cavidad herméticamente cerrada.

La edad de oro de las coníferas es el Jurásico, en la Era Secundaria.
En las tierras emergidas, por aquel entonces desérticas, sólo podían sobrevivir los vegetales que hubieran puesto a punto un modo de reproducción totalmente independiente del medio acuático. Los helechos arborescentes han desaparecido casi por completo.

Voltzias y Araucarites, antepasados de las piceas y los pinos, formaban bastas extensiones de aspecto muy similar a los bosques resinosos contemporáneos, poblados por reptiles gigantescos y extraños. Los más grandes de estos seres vegetales, las secuoyas, son contemporáneos suyos; con ellas la vida culmina a más de 100 metros de altura.

Se conservan reliquias de estos inmensos bosques de coníferas en forma de troncos petrificados. Estos troncos fueron bañados por aguas volcánicas calientes, saturados de silicio disuelto, que impregnaron las paredes de sus células y depositaron los elementos minerales en sus intersticios. Des esta forma, se mineralizaron en calcedonia, ópalo o ágata roja y gris. En el parque nacional americano de Yellowstone, la erosión descubre poco a poco los troncos mineralizados de una veintena de bosques de hace 90 millones de años, que se superponen sepultados bajo las cenizas volcánicas.

La invención de la flor y del fruto. El dominio de las Frondosas

Las primeras plantas con flores y los primeros árboles con hojas aparecen hace 140 millones de años, procedentes de las regiones ecuatoriales, donde se diferenciaron al final del jurásico. Emigran a continuación hacia los polos, a la conquista de la Tierra, que colonizan en 50 millones de años. Una formidable expansión tiene lugar en ese momento.

Las Bennetitales son los primeros vegetales que presentan esbozos de flores, pero desaparecen definitivamente en el Cretácico. Mientras tanto, unos árboles recién llegados van a dar por fin a sus óvulos la protección ideal encerrándoles en un ovario, que, tras la fecundación, se transforma en un fruto.

La semilla, que hasta entonces se desarrollaba en una cavidad
abierta, madura ahora en un espacio cerrado; los órganos sexuales se agrupan en el seno de la flor, donde cada elemento se especializa en una misión determinada. Los árboles han confiado al viento y a los insectos la misión de diseminar las células masculinas, el polen, y asegurar la fecundación. Estos árboles "frondosos" son, junto con las orquídeas, el término último de la evolución vegetal. A pesar de la severa competencia que imponen, no han podido eliminar del todo a las coníferas, menos evolucionadas. De las veinte mil especies de coníferas que existían en el Jurásico, actualmente quedan unas seiscientas especies.

Ya se conocían árboles prehistóricos equivalentes botánicos del celacanto: las secuoyas, el gingo, la magnolia........

Se ha descubierto recientemente una nueva especie de pino emparentada con los Brachyphyllum, supuestamente desaparecidos en el Jurásico.Este superviviente crece en un bosque virgen del Wollemi National Park, a 200 kilómetros de Sydney, en Australia.

La Era Terciaria marca el apogeo de las plantas con flores. Tanto en América como en Eurasia, los bosques ven cómo se multiplican las especies con hojas. En el Eoceno, hace 40 millones de años, robles, hayas, abedules, nogales, olmos y arces cohabitaban en Europa con palmeras, laureles, bananeros y ceibas.

En el Mioceno, 20 millones de años más tarde, el clima cambia y se
vuelve más moderado; los elementos tropicales son eliminados poco a poco. Aparecen el abeto, el cedro, el olivo y el alerce. Después el clima torna claramente hacia el frío, y las grandes glaciaciones cuaternarias operan una fuerte selección, expulsando a casi todos los representantes de la flora cálida. Con la retirada de los hielos, los árboles de clima templado arraigan de nuevo.

Primero el abedul, después los pinos, el roble, el olmo y el tilo; más tarde el abeto y el haya y muy recientemente el carpe, la picea y el castaño. Los bosques europeos son, por lo tanto, muy recientes: los de piceas no tienen más de tres mil años, los abetales no más de cinco mil años y los robledales del centro de Francia han conocido como mucho treinta generaciones de árboles.

Los árboles, tal y como los admiramos hoy en día, son los representantes más competitivos del reino vegetal. Su altura y longevidad les confieren una ventaja considerable sobre las demás plantas. Sólo ceden terreno a las estepas y a las landas en las regiones donde el frío es demasiado intenso y las precipitaciones demasiado débiles. Sin la intervención del hombre, volverían a ocupar espontáneamente el lugar que ocupaban antes de su llegada y cubrirían rápidamente la mayor parte de las tierras emergidas.





Fuente: El árbol. Bernard Fischesser. Ed. Drac



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