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viernes, 5 de abril de 2013

LAS MALAS HIERBAS. UN GRAN MALENTENDIDO

ARTE Y JARDINERÍA Diseño de Jardines

Entendamos mejor a lo que llamamos malas hierbas para entender bien su función en la Naturaleza



Si todo ‘parásito’ tiene sus lados buenos, las ‘malas hierbas’ tampoco pueden ser cosa del demonio. Todo lo contrario: ¡Pertenecen a las plantas más útiles que crecen en el jardín! Incluso ofrecen todas sus buenas propiedades gratuitamente. Observando con más detalle: No existen malas hierbas. Sólo existen hierbas silvestres. Y estas hierbas de las inagotables existencias de la naturaleza crecen solamente donde encuentran condiciones que les son agradables. ¡Por lo tanto, todo jardinero tiene las malas hierbas que se merece!

Ahora a lo mejor van a protestar enfadados, sobre todo aquellos ordenados amigos del jardín, a los que frecuentemente les duele la espalda de arrancar las malas hierbas trabajosamente. ¿Qué buenas propiedades pueden tener el diente de león o el ranúnculo bulboso? ¡Esconden más de lo que permite imaginar su modesta apariencia! Muchas hierbas silvestres pertenecen a las plantas curativas. Sus valiosos componentes – a los que pertenecen también sustancias minerales – no sólo convienen a los médicos, sino también al suelo del jardín. Malas hierbas mezcladas dan un compost excelente. Quien las arranca y las pone como cobertura vegetal entre las plantas cultivadas, está mejorando el suelo con estas plantas silvestres llenas de fuerza.

El indicador verde

Las malas hierbas realizan una misión importante para el jardinero a través de su lenguaje por señas. Con su presencia y la compañía en la que aparecen le muestran la composición de su suelo. Por eso, estas plantas silvestres se denominan también plantas – testigo. Quien arranca con esfuerzo las raíces fuertemente ancladas del ranúnculo bulboso, debería interpretar esto como un aviso: su suelo tiende al encharcamiento y es impermeable. Ranúnculos, acederas y llantenes son señales de suelos pesados e impermeables. Aconsejan al jardinero cuidar urgentemente su tierra y mejorar el humus. El cambio, donde se extiende la verde y suave manta de la hierba de los canarios (Stellaria), el jardinero puede estar contento. Esta mala hierba le enseña que su suelo está suelto y es rico en humus.

Mostaza silvestre, hierba mora, ortiga y cuajaledre, revelan un suelo rico en nutrientes y elevado contenido en nitrógeno.

Es decir, que las malas hierbas no crecen por casualidad. Algunos de estos rebeldes salvajes pertenecen a los pioneros que imperturbablemente conquistan terrenos en los que las condiciones vitales son demasiado duras para naturalezas más tiernas. Algunas de estas plantas pioneras son, por ejemplo, el diente de león y los cardos. Y con sus raíces profundas aflojan el suelo endurecido y suben además nutrientes de capas profundas. Los parásitos pertenecen a la policía sanitaria del jardín. Las malas hierbas curan malas condiciones del suelo. Todas estas propiedades equilibrantes ya las conocían las generaciones de agricultores que dejaban sus campos un año en barbecho. En este tiempo las hierbas silvestres se apoderaban otra vez del suelo. Lo regeneraban sor sus numerosas secreciones. Acumulaban nitrógeno y otros nutrientes. Atravesaban la tierra y dejaban atrás un suelo migajoso y aireado.

En el jardín tienen lugar restos de esto viejísimo proceso de curación espontánea, cuando de repente – como esparcida por una mano de fantasma – aparece una u otra mala hierba. En el suelo descansan miles de millones de reservas de semillas. Pero es una ‘reserva durmiente’. Sólo germinan aquellas hierbas que olfatean con instinto infalible su oportunidad. Emergen, cuando suena su hora. Y desaparecen de un año a otro, cuando cambian las condiciones.

Por ello, un jardinero biológico atento nunca se va a enfadar al escaldar las malas hierbas. Va a observar lo que crece libremente en sus bancales, y de ello va a sacar sus conclusiones.

Porque él sabe que las hierbas silvestres únicamente se convierten en plagas cuando él comete graves errores. Alwin Seifert, el pionero del jardín biológico, también lo sabía: “La antigua sabiduría de los cuentos enseña lo que ocurre con las malas hierbas: son los verdaderos enanitos del jardín, los auténticos gnomos. Quien se enfada con ellos, quien se les acerca con veneno a éste le hacen una mala jugada tras otra. Quien sabe utilizarlos en buen sentido, a éste le serán siempre unos ayudantes y curanderos dispuestos, pacientes y fieles.”

Y André Voisin se quita mentalmente el sombrero ante las hierbas silvestres, curativas y “malas”, cuando dice: “… es una pena que el hombre sea tan descortés, que denomina unas hierbas tan valiosas como malas hierbas, cuando estamos empezando a descubrir que poseen unas características altamente notables”.


Fuente: Jardín y Huerto Biológicos
Marie – Luise Kreuter

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